Como dibujando un Mandala
Al escribirte
puedo llegar al nivel de relajación de un monje tibetano
Puedo poner mis ondas
cerebrales Alpha, Betha, Theta y Gamma en total armonía y mi ser se transporta
al nirvana de las fantasías en las que tomo tu mano y volamos a tomar un
café en el París de los años 20, la época más despreocupada y libertina de la
historia y contemplamos el Sena sin preocupación alguna, saboreando la tarde hasta
cuando se funde con el anochecer.
Entonces en ese
momento emprendemos la retirada lentamente por las calles torcidas y empedradas
hasta una vieja pensión en la que alquilamos una pequeña buhardilla con
chimenea en la que hacemos el amor sobre el tapete y bebemos vino con una
tabla de quesos.
Nos despierta el frio
de la madrugada y corremos hacia la cama a ras del suelo en la que continuamos
un abrazo eterno para calentar los cuerpos y sobre todo el alma y hacemos el
amor nuevamente
Como dibujando un
mandala…
Torso
Después
Te recostarás sobre mi torso
exhausta
Acariciarás mi pecho con los ojos entreabiertos
Escucharás el latir presuroso de mi corazón desnudo
Amantes
No existe, otro pensamiento
que entregarme al deseo
que emana... de tu deseo...
porque el deseo es mío..
porque el deseo es nuestro
El deseo de poseernos, libera...
se despierta el gemido...
que yacía, en silencio
y el cuerpo se expande...
y la piel se humedece
y los labios carnosos...
aplacan la sed
y el vientre se contrae..
con cada movimiento
de dos seres que en el éxtasis..
libertan la esencia
y se borran... las huellas gastadas
que deja... la cama del cansancio
Como amantes, entregamos todo
la verdad del mundo exterior, no existe
solo existe ese único momento
en que el paroxismo es el único...
pensamiento.
Tras el cristal
Cuando te
siento allí
al otro
lado del espejo
en ese
mundo de fantasías que es tuyo y mío
ese mundo
que nos ha regalado tanto gozo que se desborda por todos nuestros poros
Siento
ganas de correr y romper el cristal para abrazarte con fuerza
Y arrebatarte
de los brazos del destino
Me
dan ganas de correr a tus brazos y desgarrarte a tirones las ropas
ganas
de besarte hasta irritarte los labios
para
beberte toda de un solo trago
y
calmar de una vez por todas esta sed que me desespera
esta sed
que solo puedo calmar bebiendo de la ambrosia de tu cuerpo
con el
néctar de tu mirada y tu sonrisa
a la sombra del Sauce más
grande y antiguo en el jardín del gigante
en el que nunca llega el invierno.
Instantes eternos
Hemos conseguido la inmortalidad
tus besos jamás se olvidarán de mi memoria
igual que el sabor de tus senos
tibios y tu espalda tersa cuando te poseo
Hemos preservado en la sustancia
misteriosa del universo
la sensación infinita del amor
primero
no solo por un instante si
no hasta que nos duren la piel y la memoria
hasta que el sentido del olfato nos
traiga de nuevo sensaciones indescriptibles
de momentos eternos que le robamos al
destino
Hasta le robamos una
noche entera suspendida en placer infinito
para dos
Noche de placer y miradas
interminables de la que me alimento en las noches frías
Noche única como no hay otra
Diseñado minuto a minuto en la mente
de Eros y puesta en escena por el mejor director cinematográfico con
la banda sonora de las estrellas bajo un cielo despejado.
Instantes eternos grabados en la piel
y cada uno de nuestros sentidos.
Inocencia
perdida
Bastó un timbre rutinario. El sonido acostumbrado
del celular que en esta época no era para nada extraño, bastó para
quedarse en blanco. Disimuló el entusiasmo apretando los labios.
Aquella voz conocida hizo aflorar de sus labios su nombre.
Nombre prohibido, nombre encubierto, nombre ensombrecido por muchos nombres
como el de ella, pero con un sentido único. Un nombre que le evocaba emociones
encontradas y un corrientazo desde la silla turca hasta una cuarta abajo del ombligo.
Una voz que entre sorpresa y desconcierto lo
transportó inmediatamente a un mundo de fantasías en la penumbra.
Una pausa …
La comunicación entrecortada apenas le permitió
hilar la idea de volverse a ver después de tanto tiempo. Volver a
extasiarse con sus besos apasionados ya no, de adolescentes ingenuos si no esta
vez de amantes experimentados, maestros en las artes amatorias y en conciliar
los placeres de la piel y la mente.
El tiempo corría en cámara lenta y su corazón
latía presuroso. Sus dedos no respondían ágilmente a sus pensamientos en
ebullición. La respiración La respiración al ritmo del fluir de la sangre en
las regiones bajas, sus vellos se erizaban por la ansiedad anticipatoria de un
encuentro escrito en las líneas de sus manos.
El clima entro en complicidad y la ciudad entera se
abría a su paso borrando los inconvenientes acostumbrados, simplemente dando
espacio a que las emociones se aplacaran lo suficiente y los sentimientos se
pusieran en perspectiva.
Una cita de amor, una cita clandestina esperaba
tras la puerta de aquel sitio familiar para ellos. Su oasis en medio del
desierto de la más cruel incertidumbre. Incertidumbre indolente y fría que les
castigaba a su antojo pero que también les premiaba con pequeños postres
que ellos sabían disfrutar sorbo a sorbo.
Otra llamada en el camino le congeló el corazón por
el temor de una cancelación posible. Contestó temeroso y expectante, sin embargo,
la voz de ella recalentó aquellas ganas inmensas que se les derretían entre las
piernas. Su corazón de nuevo de nuevo se agitaba y sus dedos trascribían
torpemente todo aquel maremágnum de emociones.
Llegaban a su mente muchos momentos de pasión y
gran placer bajo el poderío de las letras que una vez les unieron en una obra
inédita de la vida. Ya no sabían dónde empezaba la realidad y empezaba la
fantasía de dos almas traviesas que una vez decidieron caprichosas alterar sus
caminos por una senda del todo incierta.
Planeó en su mente tres caricias bien
ensayadas para perfeccionar aquel encuentro. Era su obra de arte, ella, sus
letras y las caricias coreografiadas con cuidado artesanal. Cada movimiento
ensayado al igual que los grandes bailarines.
Él quería correr y hasta volar hacia sus brazos
para beber de nuevo de su seno aquella conocida ambrosía de los dioses, para
sentir sus labios en su vientre humedeciendo con caricias su pecho frío.
Deseaba profundamente abrirla como una mandarina en
día caluroso. Imaginaba cada cuadro como lo hace un director de cine. Con
vestuario escaso, pero con accesorios nuevos en aquella en la que el sol se
negaba en ocultarse.
El tiempo se estancó de nuevo, la ciudad ya
empezaba a tornarse perezosa, los trabajadores se apresuraban a regresar a casa
temerosos de las movilizaciones estudiantiles y los consabidos trancones del
milenio. Al medio día el presidente anunciaba sorpresivamente en actitud
comprensiva y paternal que daba su brazo a torcer ante los estudiantes que
amenazaban acampar frente a palacio.
Llegó la bruma de la ciudad enorme y con ella una
tensa calma en sus corazones.
¿Cuánto tiempo más? - Gritaba ella
¿Cuánto tiempo más? - clamaba él, que aplacaba las
ganas escribiendo fantasías.
La tomaría en sus brazos con ternura por un largo
tiempo. La besaría en la boca con pasión, sin dejarla siquiera pensar.
Le quitaría prenda a prenda, una a una. Le
besaría los senos con cuidado acariciando con la lengua sus albos pezones
pequeños. La arroparía contra su pecho al sentirla vulnerable y le dejaría
viajar hacia el fondo de su corazón.
No entregaría sus secretos. Conversarían brevemente
sobre sus vidas en el mundo real evitando sistemáticamente los capítulos dolorosos.
Se pondría antifaces de fiestas pasadas para jugar a ser personajes de
carnaval.
La distancia se acortaba palmo a palmo y la cita se
cumpliría a la hora acordada.
Ella bebería de su néctar con ansia infinita una y
otra y otra vez. Dejarían todo su sudor en las sábanas blancas justo antes
de caer la noche anunciando el inicio de la nueva luna de
incertidumbre por no saber ni el día ni la hora el tiempo o
la distancia que inexorablemente los volvería a separar.
¿Acaso podría ser otro el destino de los amantes
furtivos escapados de la vida un miércoles por la tarde?
Un adiós escondido en la sombra de una cornisa y
disipado por el ruido de la noche. Una espalda que se pierde entre la gente de
la calle, una mueca que se seca con el frio.
Fin